La democracia nos sigue debiendo

Apenas empiezo con este editorial y ya tomo la decisión de escribir un artículo de mayor rigurosidad sobre los 40 años de regreso a la democracia en el Ecuador. Y es que es obvio que no podemos realizar una evaluación medianamente justa del retorno a la democracia en una nota corta de opinión.

Para este caso me concentro en la permanente crisis de nuestra democracia, en la concentración de poder y en la inestabilidad política.

Desde 1979, año de retorno del sistema político democrático, el país no ha logrado que su democracia madure ni se fortalezaca. Algunas pruebas de ello son el voto obligatorio, el apoyo e incluso el rol de tutela que las fuerzas armadas han realizado sobre los distintos gobiernos y su permanencia, la gran cantidad de reformas al marco legal de las elecciones y la asignación de escaños, entre otros.

No es que la Constitución que permitió el regreso a la democracia se haya fortalecido y el marco legal consecuente haya ido ganando en coherencia y concordancia, todo lo contrario. Hemos ido consagrando un marco legal abultado, contradictorio y en permanente reforma. Como una pequeña muestra de estos 40 años de democracia podemos citar que los partidos políticos entraron en crisis y explotaron; la Corte Suprema de Justicia fue sitiada con tranques trucutú; o la mayoría de diputados del Congreso de 2007 fueron destituidos por oponerse a la realización de una Consulta Popular para convocar a una Asamblea Nacional Constituyente.

En el campo económico, la democracia ecuatoriana no ha estado al servicio de la equidad, el mejoramiento de las condiciones de vida o la erradicación de la pobreza. Por el contrario, nuestra democracia, al menos en 30 de sus 40 nuevos años, ha ido de la mano de aquellos procesos que privilegian el gran capital, liberalizan y desregulan la economía y permiten el imperio de esa entelequia que llaman mercado perfecto. Si bien existen avances, luego de 40 años de régimen democrático el país sigue dejando atrás a muchos ciudadanos, pero sobre todo ciudadanas. La cantidad de personas y familias pobres es aún insultante. La renuncia a sus derechos que deben hacer niños para trabajar y sobrevivir es indignante. Y la aún presente disparidad de ingresos entre hombres y mujeres nos habla una democracia fallida.

Finalmente, la inestabilidad política ha sido emblemática. Hemos vivido la vigencia de 3 constituciones, las dos últimas claramente contradictorias entre sí, y ya se discute una consulta popular o una nueva Asamblea Nacional Constituyente para reformar lo que no les convence o no les conviene de la actual Constitución a las élites políticas del momento.

Entre 1996 y 2006 ningún Presidente electo termino su mandato y, según como se cuenten, llegamos a tener hasta 9 presidentes en esos 10 años.

El retorno a la democracia, sobre todo hoy en día, hay que analizarlo desde una perspectiva histórica de largo plazo. ¿Ha supuesto este período democrático un fortalecimiento de nuestro sistema político?. ¿La democracia ha ampliado los derechos y las oportunidades de todos y de todas las ecuatorianas?. ¿Ha permitido que se erradique la pobreza, la discriminación o la segregación?

Estas preguntas aún esperan repuestas de fondo y de largo plazo, pues mientras la igualdad, la equidad, la justicia, la inclusión y la cohesión no sean valores consustanciales a la democracia no podremos conquistarlos. De hecho la situación es aún más perversa, pues queda la sensación que lo que más ha disgustado a las élites conservadoras de este país es que ese orden establecido y supuestamente democrático se fisuró entre los años 2007 y 2017 y se atentieron algunas de las demandas más crícas de los ciudadanos de a pie. Por ello las conquistas sociales de los últimos años se tacharon con prepotencia de autoritarismo o populismo.

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