Lo de “monito emprendedor” no fue un desliz

La intervención del Presidente de la República en la que expresa su visión sobre la libertad en el trabajo versus la seguridad y la estabilidad, y su famosa figura de un niño (monito con precisión) de 5 años que saca su espíritu emprendedor vendiendo vasos con gaseosa en la calle ha sido ampliamente criticada. Se han excluido de esa crítica algunos sectores sociales y políticos que antes se rasgaban las vestiduras y determinados medios de comunicación que tienen la consigna de blindar al gobierno en todos los frentes.

Las críticas han ido desde regionalismo hasta naturalización del trabajo infantil. Comparto con ellas pero discrepo en un elemento central, y es el hecho de creer que se trató de un desliz. Me parece que no es así. Lo peor de la intervención del Presidente y su equipo es que creen en serio que eso es emprendimiento y no una forma de desesperada subsistencia. Creen que a los millenials solo les interesa la libre movilidad laboral y el trabajo por horas.

Desde hace algún tiempo he advertido sobre dos peligrosos núcleos discursivos en la propuesta oficial sobre la reforma laboral.

El primero de ellos está relacionado con el miedo y el disciplinamiento de los trabajadores y quienes no han logrado conseguir un empleo. Este eje podría resumir la siguiente figura: “la única forma de mantener el trabajo y generar más empleo es que los actuales trabajadores estén dispuestos a ser explotados un poquito y renunciar a algunos de sus derechos”.

Y es que frente a la terrible amenaza de perder el trabajo o ante la inmensa ilusión de crear un nuevo empleo hay amplia predisposición para hacer renunciamientos ya sea de manera voluntaria u obligada. Si logran que ese sea el terreno de la discusión, significa que ganó la tesis del gran capital de lograr mayor competitividad vía disminución salarial y de derechos laborales. Es por ello que el discurso oficial (gobierno, medios y voceros) se cierra alrededor de la figura de la flexibilización laboral, la misma que impactó de manera negativa en los años de nuestro neoliberalismo criollo.

El otro eje discursivo gira sobre el emprendimiento “fácil”. Apostar y apoyar el emprendimiento es absolutamente necesario. Así lo buscaron algunos programas y leyes de la Revolución Ciudadana como el Código Ingenios por ejemplo. Pero lo que no se debe permitir es que toda forma de subsistencia o trabajo precario sea catalogado de emprendimiento y peor auspiciado.

Si alguien de la oposición al gobierno hubiera querido ejemplificar lo señalado, ya sea por recelo o por pudor, no habría puesto como ejemplo un niño de 5 años que vende cosas en las esquinas. Pero para sorpresa de propios y extraños el ejemplo lo puso el propio Presidente de la República, y alguna de sus ministras, nada más y nada menos que la encargada de erradicar el trabajo infantil, salió con una tecnócrata defensa y elevó la barbaridad a categoría de política pública: “espíritu emprendedor precoz”, lo llamó.

No es así. Ese niño o niña de 5 años que sale a vender a la calle NO es un emprendedor precoz. Están ahí porque la oprobiosa inequidad les obliga a salir a trabajar para sumar unas monedas al ingreso familiar de indigencia.

No caigamos en la trampa. El objetivo de toda la sociedad debe ser cómo generamos más trabajo y no cómo precarizamos el existente. El objetivo debe ser cómo promovemos que las personas en edad de trabajar generen emprendimientos que potencien capacidades, innoven y transformen y no que las formas primarias de subsistencia se entiendan como emprendimiento.

Cuidado con el discurso que consumimos. Llama la atención que quienes están anclados en la seguridad laboral ofrezcan como panacea el emprendimiento fácil o la “libertad” laboral.

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